¿Qué nos pasó?

 


Hace unos días, unos amigos me sugirieron dictar una charla sobre el desarrollo político, social y económico de Singapur desde su independencia, en 1959. El hecho de que, en setenta años, el país haya pasado de niveles de pobreza absoluta a convertirse en una potencia global del primer mundo resulta fascinante. Su ingreso per cápita, que era de 700 dólares estadounidenses anuales en 1959, se aproxima hoy a los 100.000 dólares, una cifra superior a la de Estados Unidos, a la de varios países europeos y a la de los países asiáticos. Este proceso estuvo acompañado de un crecimiento sostenido, cercano al 10 % anual durante setenta años, lo que propició un desarrollo uniforme. 

 

Mientras preparaba la charla, tras asistir a la cumbre mundial de ciudades que tuvo lugar en junio, en la que participaron 180 ciudades y se presentaron testimonios sorprendentes de desarrollo, empecé a reflexionar sobre los pilares fundamentales del crecimiento y del milagro singapurense. Nostálgicamente empecé a recordar la historia del Valle del Cauca, que había iniciado, a principios del siglo XX, sesenta años antes del fenómeno de Singapur, un recorrido similar.

 

La comparación permite observar cómo, en contextos y épocas distintos, la infraestructura, la inversión, la educación, la salud y la capacidad de gestión contribuyeron a transformar un territorio.

 

En 1878, el Valle del Cauca inició la construcción de su red férrea. Cuatro años después, ya comunicaba el puerto de Buenaventura; en 1915 llegaba a Cali y, diez años más tarde, conectaba Popayán con Cartago y el Eje Cafetero. La red alcanzó una extensión de 500 kilómetros de vía férrea.

 

La apertura del Canal de Panamá, en 1914, otorgó una importancia especial a la región al contar con infraestructura para aprovechar la anhelada conexión y comercio interoceánicos entre el Atlántico y el Pacífico, conectados con el puerto de Buenaventura. El Valle del Cauca estaba preparado logísticamente gracias a las inversiones realizadas, en parte con la compensación recibida de Estados Unidos por la cesión de Panamá, para el tránsito del 80% del comercio internacional de Colombia. Por aquella época, Singapur apenas era una aldea de pescadores y su puerto era una simple fortaleza de defensa naval.

 

Las inversiones extranjeras comenzaron a llegar al Valle del Cauca y convirtieron a la región, legendario cruce de caminos, en receptora de cientos de empresas multinacionales. Estas pertenecían a sectores diversos, como los servicios financieros, la logística, la industria farmacéutica, la belleza, los servicios sanitarios, la higiene bucal y personal, los alimentos y las bebidas, la industria química y petroquímica, la fabricación de neumáticos, los cartones y los papeles, entre otros. Este proceso impulsó, a su vez, la creación de centenares de pequeñas y medianas empresas proveedoras del nuevo desarrollo industrial. El clima, la alegría de sus gentes, la hospitalidad, la seguridad y la presencia de colegios bilingües contribuían a dar la bienvenida a quienes llegaban a la región. Singapur emprendió un proceso semejante, tan solo, cincuenta años después.

  

La Misión Chardón de 1929 concibió la vocación agroindustrial del Valle del Cauca para el naciente sector azucarero, hoy modelo global de investigación y eficiencia. Singapur nunca contó con actividades agropecuarias y agroindustriales.

 

La creación de la Universidad del Valle, en 1945, fue otra hazaña de la dirigencia regional y una respuesta al fortalecimiento académico. La institución contó con destacadas facultades de ingeniería, ciencias y economía, así como con un avanzado programa de administración de empresas. Este modelo permitió el florecimiento de decenas de instituciones de educación superior. Para aquellos soñadores cívicos habría sido difícil imaginar que la Universidad del Valle, a través de su Facultad de Medicina y de su hospital universitario, fue la semilla que germinó y dio lugar al sector de salud más importante del país, integrado por centros hospitalarios, de investigación y de desarrollo reconocidos y elogiados a nivel global. Singapur inició su recorrido en la academia y en los servicios de salud treinta años después.

 

En 1971 se inauguró el aeropuerto de Palmaseca, con las mejores y envidiables condiciones meteorológicas y, en ese momento, el más moderno del país. Singapur apenas soñaba con desarrollar su aeropuerto de Changi.

 

Asimismo, EMCALI y la CVC se consolidaron como modelos de excelente gobierno corporativo en la prestación de servicios públicos. Ambas entidades fueron generadoras de energía hidráulica, reguladoras de aguas y responsables de plantas de potabilización y de tratamiento de aguas residuales, además de estar comprometidas con el medio ambiente y la biodiversidad. Singapur, mientras tanto, no cuenta con recursos hídricos ni energéticos.

 

La dirigencia local, cívica, empresarial y política del siglo pasado fue visionaria. Creó infraestructura, promovió la inversión, generó empleo formal, fortaleció la educación y la salud, impulsó la agroindustria y desarrolló empresas de servicios esenciales conducentes al bienestar de la población

 

Al recordar ese recorrido y compararlo con el de Singapur, surge una pregunta inevitable: ¿qué nos pasó?


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