SOLIDARIDAD
Había comenzado una semana típica de verano en la temporada seca caleña. Era el lunes festivo después del Día del Padre. En un amanecer frío, a la distancia se observaban los picos blancos del Nevado del Huila en la cordillera central y, más cerca los riscos de los Farallones de Cali, en la cordillera occidental. Soplaban suavemente los vientos frescos de la resplandeciente madrugada, acariciada por los primeros cristalinos rayos de sol.
El día anterior habíamos compartido virtualmente la celebración del Día del Padre, en razón a que los hijos se encontraban fuera del país. Sin embargo, las burlas y chistes sobre el envejecimiento prematuro del padre, acompañados de risas y cientos de anécdotas que el tiempo jamás borrará, eran la más grata compañía.
La preciosa y serena mañana fue violentada por la penumbra de una llamada. Estábamos recibiendo preocupantes revelaciones sobre el quebranto de salud de mi hijo Álvaro José. Desde la lejanía canadiense, donde realizó estudios de posgrado y actualmente en uso del permiso de trabajo, recibimos, en la voz entrecortada de Jennifer, su esposa, la nefasta noticia de que Álvaro debía ser hospitalizado al presentar un cuadro clínico comprometedor.
El médico tratante le había dado veinticuatro horas de vida.
Quizás por la falta de seguro complementario que cubriera y amparara la eventualidad, y la inoperancia poscovid de la plataforma de seguridad social canadiense, no había buscado oportunamente la atención médica requerida. Quizás tampoco había manifestado su dolencia por no querer perturbar nuestra tranquilidad cotidiana ni limitación económica. Un amigo canadiense nos ilustró e iluminó que la salud es prioritaria en Canadá y ningún tipo de atención o tratamiento podría ser negado.
Al entrar, Álvaro José, al Montreal General Hospital, ya no tenía movimiento muscular alguno. El temor radicaba en que la enfermedad autoinmune, quizás una variedad de poliomielitis había atacado de forma agresiva y que su rápida evolución, eventualmente, podría paralizar los movimientos musculares del organismo, incluidos los pulmones y el corazón, desencadenando un infarto cardiopulmonar. Cinco especialistas iniciaron la ardua labor de identificar, mediante decenas de exámenes, la enfermedad en su progresión y empezaron paulatinamente a frenar su avance.
Cuando nosotros, como padres, y su hermano Juan Pablo nos enfrentamos, forzosamente, a la realidad del cuadro clínico y sin recursos para atender la emergencia, sentimos haber caído en la oscuridad de un abismo terrenal. La sonrisa de Álvaro, su extrovertida y gentil personalidad, buen humor, excelencia deportiva y sonrisa, se había transformado en angustia, llanto, desasosiego y desesperación.
Sin embargo, la luz espiritual del Señor empezó a guiarnos e iluminarnos. Su hermano, Juan Pablo, y Jennifer crearon plataformas de ayuda, difundidas en redes sociales. Empezaron a viralizarse entre amigos, familiares, compañeros de clase, compañeros de trabajo y colegas deportistas. Nuestros amigos se enteraron de la crítica situación por la cual atravesamos y nos brindaron consuelo y apoyo, y nos devolvieron torrentes de fe, convicción y esperanza.
Recibimos cientos de mensajes, colmados de afecto, cariño y espiritualidad. Son extraordinarios paliativos que apaciguan nuestra preocupación e incertidumbre. Las desinteresadas donaciones de apoyo recibidas, la mayoría de ellas anónimas, son un signo inequívoco de amor y fraternidad.
Nos hemos quedado sin palabras para agradecer las manifestaciones de cariño, hermandad y bienaventuranza. Calladamente gritamos.
¡ GRACIAS POR SU SOLIDARIDAD!
PD Las bendiciones fueron recibidas. En los últimos tres años y después de recibir acertadamente el diagnóstico y respectivo tratamiento, Álvaro José́ se ha recuperado satisfactoriamente. Ha sido una vivencia inigualable de solidaridad, amor y fe.
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