Centenaria costumbre de soportar el calor de temporada
“Temperar”
Todos los años, en julio, se registran altas temperaturas. No se debe al cambio climático, como alarman algunos, sino sencillamente a la tradicional estación seca y de baja precipitación de la región. Las marcadas épocas secas caleñas han acuñado coloquialmente por siglos, el término “temperar”, que significa cambiar de temperatura y así aprovechar la agradable temperatura de la vecindad cordillerana, escapando del insoportable calor de temporada.
Los corregimientos de Cali siempre han sido el destino de miles de familias caleñas que escapan de la estación calurosa de estos meses. El descansadero de caballos, parada centenaria e indispensable en la vía al mar del corregimiento del Saladito, que limita con Felidia y la Elvira, siempre fue el favorito. Pichindé, con un clima más seco y una vía de acceso distinta, es el predilecto de muchos. Recientemente, Dapa y Calima se han convertido en lugares privilegiados.
En mi infancia el destino era La Cumbre. Doscientos años atrás, su agradable clima y sus bellos paisajes cordilleranos habían conquistado los corazones de los veraneantes. El trazado del ferrocarril le dio vida como municipio desde 1913. Su ubicación a 1500 metros sobre el nivel del mar, la de mayor altura en el trayecto entre Cali y Buenaventura, era un sitio ideal para llenar las calderas de aquellas negras, imponentes y brillantes locomotoras a vapor y a agua, y cargar el vagón de carbón que alimentaría permanentemente el fogonero durante su trayecto.
La expectativa del viaje a La Cumbre comenzaba unas semanas antes de salir a disfrutar de las largas vacaciones escolares de mitad de año. La emoción se intensificaba al contar los días que faltaban. En verdes baúles, con chapas de cobre, empacábamos la ropa de temporada. Llegábamos a la espectacular estación caleña maravillados por los inmensos murales del maestro Hernando Tejada. Al oír el silbato del tren sentíamos el inolvidable pálpito de que la aventura comenzaba.
Después de pasar por Puerto Isaacs, puerto fluvial yumbeño, se iniciaba el ascenso cordillerano. Pegados a las ventanillas del vagón, escuchando el traqueteo rítmico de las ruedas metálicas y extasiados ante una verdadera onomatopeya, divisábamos, con ojos danzantes, el precipicio hacia el río Yumbo. Poco a poco, a medida que subíamos, las escarpadas colinas se transformaban en verdor selvático. Observábamos en la distancia la neblina, tímidamente acariciando la copa de los árboles, y en las curvas vislumbrábamos esplendorosas cascadas de cristalinos manantiales. Al atravesar los túneles sentíamos el sahumerio a carbón. Sabíamos que estábamos llegando cuando el silbato volvió a sonar.
Al llegar, éramos recibidos como en un desfile. Puesto que las casas quedaban a lado y lado de la vía férrea, observábamos la alegría de las familias veraniegas al saludar y agitar las manos al recibir a los viajeros que llegaban para disfrutar de las vacaciones escolares. Veíamos a los Abadía, Alban, Bieler, Corey, Calero Buendía, Calero Blum, Caicedo Burrowes, Caicedo Escobar, Escobar Escobar, Escobar Navia, Gandini, Guerrero, Hormaza, Holguín, Londoño Barona, Morales, Martínez Magaña, Venegas, Zamorano de Lemos, Zorrilla, los primeros veraneantes de origen sirio-libanes, los Nader, Semán y Juri, entre otros tantos. Eran los amigos de mis hermanas mayores, por lo tanto, todos de mayor edad. Cuando finalmente el tren se detenía en la estación, se escuchaba el fuerte y último suspiro de vapor de la locomotora, susurrando, en agradecimiento, el final del viaje.
Las casas de La Cumbre eran de rústica apariencia, con paredes y pisos de madera, enormes balcones, ventanas altas y pintadas individualmente, luciendo un brillante arcoíris de colores. Algunas ostentaban techos altos de conos invertidos de corte europeo.
Al bajar del tren, éramos recibidos por lugareños enruanados y por las hermanitas de la congregación de la madre Eufemia Caicedo Roa, fundadora del Hospital Infantil Club Noel de Cali, quienes nos llamaban por nombre propio, con la consabida frase “¿Cómo has crecido?” y, en ese momento, por supuesto, empezábamos a sentir y disfrutar de la agradable temperatura, agradecidos de escapar del calor infernal estacional de Cali.
Recordar esos maravillosos años atestigua que “temperar” no solamente era cambiar de temperatura, sino también de costumbres y vestimenta, dejando volar la imaginación infantil, tal y como las cometas que en aquellos vientos de verano elevábamos.

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