La Quinta Revolución
Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, acuñó la expresión “Cuarta Revolución” hace apenas tres años. Sigue, consecuentemente, el desarrollo de las cuatro etapas de la Revolución Industrial del siglo 18. La primera da inicio a la transformación de la sociedad rural hacia las sociedades industriales y migración de la población hacia ciudades. La segunda, cien años después, es la expansión de la gran industria, del acero, de los automóviles y del uso energético del petróleo y de la electricidad. La tercera consiste en el avance de los dispositivos electrónicos, el uso habitual del computador personal, la interactividad global de internet y los teléfonos inteligentes. Es la etapa de jóvenes intrépidos y emprendedores, ejemplificados por Steve Jobs, Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg y Elon Musk, entre otros, quienes soñaron con un mundo nuevo. La actual cuarta revolución representa la interacción entre la robótica, la inteligencia artificial, la biotecnología, el internet de las cosas y el transporte autónomo, entre productores industriales, bienes, servicios y el usuario final.
No obstante, el proceso escalonado, la pandemia vivida este año aceleró el proceso. Lo que había tardado doscientos cincuenta años, en menos de tres meses transformó el planeta.
Las primeras imágenes, de la lejana China, mostraban a una población con tapabocas acudiendo masivamente a hospitales para tratar una remota epidemia. Con el paso de los días y la llegada de viajeros a Estados Unidos y Europa, pequeños brotes aparecían en sus centros urbanos. En menos de quince días, la exponencialidad del contagio empezó a cobrar atención a nivel global. Italia, España y Estados Unidos empezaron a emitir alarmas de gravedad epidémica.
Dos meses después de aquellas remotas imágenes chinas, el mundo despertó ante la imparable realidad. El contagio se extendía sin distingos de raza, edad, etnicidad, geografía, condición económica, profesión o género. Los gobiernos empezaron tímidamente a cerrar fronteras terrestres, marítimas y por último, la más letal, la aérea.
El siniestro llanto y gemido de miopes oráculos profetizaban desastre económico, acobardando drásticas decisiones que debían tomarse. No obstante, primó la salud, la vida y el bienestar, dando un atinado paso al aislamiento.
Acertadamente las entidades financieras, medios, de servicios, entre otras, declararon obligatorio el trabajo desde la casa, sin dejar de prestar servicios, aislando sus colaboradores, pero lo más importante, protegiendo su salud. Centros de grandes concentraciones, públicos, privados, recreativos y religiosos, suspendieron reuniones masivas. Las asambleas corporativas se citaron y se sesionaron virtualmente. Los domiciliarios se volvieron indispensables. El sector agropecuario fue solidario ante la adversidad. El aprovisionamiento responsable de alimentos trasladó inventarios de la cadena de suministro a despensas residenciales. Procedimientos médicos, odontológicos y estéticos no esenciales, fueron suspendidos, liberando al personal médico para atender la emergencia. Se cambió la percha de ropa de marca por desusado, pero cómodo, ropaje y pijamas. Calzado fino liberó cansados pies a la comodidad de la pantufla. El internet, la televisión y la telefonía inteligente, con plataformas de interconexión de audio, video y fotos, facilitaron el aislamiento para estudiar, estrechar abrazos, dar saludos, chismear y enterarse de la actualidad. Aprendimos a viajar con ligeramente de equipaje, librándonos de pesadas cargas de objetos mundanos agobiantes.
Gracias a imágenes de un planeta descontaminado, el nuevo amanecer entusiasma. Apreciamos bellos e inspiradores espectáculos de ciervos, cabras, jabalíes salvajes, guatines, pavas, gallinetas, zorrillos, entre otros, que caminan y vuelan libremente por las desiertas calles, los parques urbanos y los aires citadinos. Observamos vida acuática disfrutando y regocijándonos nuevamente en aguas cristalinas. Del ensordecedor ruido automotor, recuperamos el silencio sereno que nos permite escuchar la sinfonía del cantar de los pájaros y contemplar el vuelo sincronizado de sus bandadas.
Son pequeñeces de la madre naturaleza que el afán de las cuatro revoluciones obnubiló.
Atrás quedará, aunque por breve tiempo, el estrés de vivir agitadamente los designios de la Cuarta Revolución.

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